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viernes, 18 de noviembre de 2016

Cuenta 140 "Síndrome de Stendhal"


Tras contribuir a los avances más determinantes en el diseño y fabricación de ordenadores, murió contemplando un ábaco.

El anterior microrrelato ha resultado ganador del Cuenta 140 en la semana dedicada al síndrome de Stendhal. Vaya mi más sincero agradecimiento para Juan Aparicio Belmonte y El Cultural.



Los dos siguientes fueron finalistas:

Se ahogó en la playa, contemplando un amanecer desde la arena.

Lloraba con cada canción. Aún no se creía que estuviera allí, hasta que recibió el primer tomatazo.

Y estos son los demás que presenté:

Cuando intentó reducirlo para ponerle las esposas, tocó sus manos y sintió la misma sensación que las víctimas.

En su turno de réplica, el portavoz más elocuente del Congreso se quedó en blanco, como abstraído: ella acababa de intervenir.

Cuando sacaron la tierra y abrieron el ataúd aún respiraba, incluso abrió los ojos, pero el cielo estaba tan hermoso que le dio un infarto.

Aunque conocía todas las fechorías que había hecho, aún seguía mirándolo con esa cara. “Qué guapo es mi hijo”, repetía embobada.

Para olvidar los increíbles óleos de ese artista desconocido, se dedicó a pintar. Lo suyo no eran los pinceles, pero él sí alcanzó la fama.

Estaban tan enamorados que tuvieron que separarse por prescripción médica.

El afamado galerista iba a comisión con los dueños del hospital privado.

Era tan conocido y respetado en el museo que le permitieron entrar con un ataúd vacío.

Era tal su devoción por el viejo olmo del jardín que todos los otoños se quedaba calvo.

El director del museo se plantó ante el concejal de cultura: o se llevaban de allí ese cuadro o compraban un desfibrilador.

“La belleza no existe”, repetía con la respiración entrecortada, absorto frente aquella imagen de la que no podía apartar la mirada.

Cada vez que se plantaba frente a su ‘tablet’, tardaba más de media hora en encenderla.

Se miraron obnubilados. Cuando parecía que sus corazones iban a estallar, comprendieron que nunca podrían estar juntos.

Se miraron obnubilados. Cuando parecía que sus corazones iban a estallar, comprendieron que sólo muertos podrían estar juntos.

Al finalizar la cuarta sesión, tras quedarse tumbada en el diván, enfermó el psiquiatra.

Pensó que estaba curado, pero volvió a soñar.


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