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lunes, 3 de octubre de 2016

Cuenta140 - La meritocracia


El día que anunciaron que el nuevo miembro de la Academia se elegiría por votación popular, dijo ante la prensa que le parecía mejor asín.

Este microrrelato ha sido el ganador del Cuenta140 en la semana dedicada a la meritocracia. 
Vaya mi agradecimiento para Juan Aparicio Belmonte y El Cultural.

Los siguientes, resultaron también finalistas:

Aunque conocía todas las respuestas, volvía a dejar el examen en blanco: no quería que le pasara como en los colegios anteriores.

Desde su emisora de radioaficionado, mandaba mensajes al espacio. Cuando llegaron los extraterrestres, se llevaron al vecino de al lado.

El día que se presentó en la oficina sin sus lentillas azules, le sobrevino la duda de si lo habían elegido por su brillante currículum.

Y estos son todos los que presenté:

Era el presidente mejor preparado para dirigir el país pero también otro de los pasajeros que no sabía pilotar el avión.

Tras llevar diez años almorzando en el bar de la esquina, no intuía que su mayor mérito fuera seguir vivo.

Al final, contrataron a otro candidato: hablaba siete idiomas (como él) pero no había olvidado el materno.

Cuando sus amigos de la pandilla se hicieron astronautas, él seguía en la luna.

Todo este tiempo lo había dedicado a formarse. El día que concluyó su octava carrera universitaria, ya estaba en edad de jubilación.

Para intentar que sus hijos lo quisieran más que a su ex, les daba todo lo que le pedían, pero nunca un beso o un abrazo.

Al leer su currículum, la consideraron la candidata ideal. Luego, en la entrevista, vieron que tenía una barriga enorme para estar delgada.

Siempre llevaba una potente linterna consigo: su sombra no era digna de él.

En cuanto el jefe vio su enorme barriga, la despidió. Meses más tarde, le pasaba puntualmente la pensión.

En cuanto terminaba la función, hacía méritos para convertirse en el nuevo hombre bala (perdida) del circo.

Necesitaba ir al baño pero no se atrevía a abandonar la cabina: los azafatos también eran pilotos.

Tras cinco intentos de suicidio, fallecía de muerte natural.

De los cuatro candidatos, seleccionaron al mejor preparado para oír y callar.

Tras un duro proceso, resultó seleccionada. La tarde que debía firmar el contrato, una mariposa desplegó sus alas en el despacho del jefe.

De todos los miembros de la secta, sólo uno hizo méritos para morir sacrificado aquella noche.

Tras un arduo proceso, resultó seleccionada. La tarde que debía firmar el contrato, una mariposa desplegó sus alas en la central de Sidney.

Para conseguir el puesto, dudaba entre empezar a formarse o hacer un curso intensivo sobre hipnosis rápida.

Desempeñaba su trabajo junto al equipo médico que intervenía en una operación: era el único que conocía la terminología quirúrgica completa.

Por más que el dueño encerrase a sus informáticos más brillantes en el garaje, no conseguía que ninguno de ellos reflotara la empresa.  

Siendo mujer, negra y atea, logró presidir un país donde mandaban hombres blancos creyentes.

La nueva presidenta (negra y atea) se estrenaba con un espléndido discurso en un hemiciclo repleto de hombres blancos creyentes.

Finalmente, seleccionaron al informático que no había finalizado sus estudios: fue el único que no puso impedimentos a trabajar en un garaje.

Pensó que al quedarse solo, tras la extraña desaparición de sus compañeros, se convertiría en primer bailarín. Pero entraron sustitutos.

Desde pequeño, soñaba con ser el pregonero del pueblo. Para conseguirlo, fue niño de San Ildefonso.

Entre todas ellas, su doctor eligió a la que consideró mejor preparada para quedarse, indefinidamente, cuando sólo tuviera una personalidad.

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